Hernán Osses Santa María

Hernán Osses Santa María

Lo conocí recién llegado  a Concepción hace más de medio siglo. Periodista culto, profesor respetado, amigo querido con el que disfruté de una noble amistad. Me lo presentó otro periodista de buena talla, también amigo muy querido, Alfredo Barría, quien se adelantó en la partida.

Siempre recordé con agrado tantas tertulias con Hernán y Alfredo en diversas parroquias penquistas a cuyos retiros espirituales nos gustaba invitar a señores dignos de nosotros: Cousiño, Errázuriz, Torres. Largas horas compartiendo lecturas, observando el mundanal ruido y gozando de pelambres de baja intensidad que rara vez faltan en las mesas chilenas. Todo con el mejor humor y esa progresiva resignación que van dando los años. La certeza que el mundo es más ancho y más ajeno que lo que creíamos cuando compramos la pomada que curaría todos los males de la tierra y que ha terminado como remedio peor que la enfermedad.

En aquellos años rojos y rosados un grupo extremista, por cierto dueño de la verdad y militante en el pensamiento único, agredió a Hernán por una de esas razones que los totalitarios no perdonan: no pensar como ellos. Aquel episodio no lo convirtió en un resentido ni en un cultivador del odio. Fiel a sus convicciones democráticas siguió laborando y cultivando buenas relaciones con todos los dispuestos a no olvidar que sin tolerancia la civilización regresa a la barbarie.

Se acaba de ir de este mundo. Me imagino que Alfredo salió a recibirlo con sus estruendosas carcajadas. Que le habrá dicho: “misión cumplida”. Así fue en la familia, la cátedra, la prensa y los buenos bares. Me regaló el prólogo de un libro que preparé para los estudiantes de periodismo y también los largos años de amistad. Gracias, Hernán, con un adiós que a estas alturas en sólo un “hasta luego”.

Doctor Alejandro Witker.

(Publicado en La Discusión, Chillán, 27-VI-2017)

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