MÉXICO LINDO Y QUERIDO

Andrés Manuel López Obrador. Fotografía de Micaela Ayala V., reproducida bajo licencia Creative Commons.

Alejandro Witker

Doctor en Historia

Dice el español exiliado en México Adolfo Sánchez Vásquez que cuando el exilio se prolonga muchos años, una vez que termina y se regresa a la patria de origen, se produce inevitablemente un exilio al revés. Después de vivir 15 años en México y de comprobar la precisa definición de Neruda como un país “florido y espinoso”, es  imposible no seguir sus días como si fueran propios. Por lo mismo, hemos sufrido a México en los últimos años al sentirlo asolado por una crisis política y social tormentosa.

Un libro sabio dice que cuando más oscura está la noche, está más cerca el amanecer. Estamos viviendo en estos días un optimismo cauteloso con el triunfo cargado de promesas de Andrés López Obrador. Un triunfo arrollador que sólo se explica por una profunda convicción ciudadana que las cosas como están no dan para más y que se impone un gran giro histórico. Un triunfo espectacular en ambas cámaras y en numerosas gobernaciones darán del nuevo conductor una legitimidad inédita en la política mexicana.

Con razón, en algunos sectores aterrados con los desastres de Venezuela Nicaragua y el gran fracaso de la Revolución Cubana, cuya gran promesa se la llevó un huracán del Caribe, han visto en su triunfo el peligro que México se vaya por ese despeñadero. Todo indica que no será así, por el contrario, el nuevo presidente ha mostrado grandeza, serenidad y realismo para situarse como continuador de la nación mexicana y no como su destructor con la aplanadora de la lucha de clases. Es que el líder no viene del marxismo, viene del nacionalismo mexicano y, con ese talante no se propone quitarle a unos para darle a otros, destruir con el señuelo de promesas fracasadas.

Es curioso que la izquierda chilena, con la sola excepción del presidente Ricardo Lagos, no diga una palabra sobre su triunfo, mientras mira para el techo ante los crímenes de Maduro y Ortega y se desvive para sacar a Lula de la cárcel. Parece que la decisión de acabar con los privilegios de la clase política no les hace ninguna gracia. Hubieran preferido que anunciara la nacionalización de empresas privadas, pero, el líder sabe que la principal empresa que hay que nacionalizar en México es el Estado capturado por patotas políticas que lo han convertido en un festín. El Estado mexicano, como ocurre en varios países de América Latina, ha sido convertido en virtual propiedad privada del partido de turno en el poder. Los casos de Argentina, Brasil y Venezuela, han conducido a verdaderos desastres para financiar a los operadores políticos.

Los grandes sueldos de la clase dirigente serán rebajados drásticamente y los recursos liberados irán al gasto social. Acaba de informarse que el flamante presidente ha convenido con sus aliados que serán mayoría en el Senado, que los sueldos de estos señores quedarán al rededor de un tercio. ¡Qué mala noticia para los senadores chilenos!.

Nada será fácil. El nuevo presidente se enfrentará a la corrupción institucionalizada, pero las primeras señales despiertan la esperanza que en México lindo y querido, podrían soplar los mejores vientos de su historia reciente.

(Publicado en diario La Discusión, Chillán Chile, 24 del VII de 2018)

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