Estado y Educación

Clase de Historia en Liceo Luis Urbina Flores, de Rengo. Fotografía de Jorge Díaz Arroyo.

A propósito de la polémica creada por la supresión del carácter obligatorio de la enseñanza de la historia y de la educación física en algunos cursos de la enseñanza media, surge una cuestión vital que, desgraciadamente, por el carácter pedestre del debate público, está ausente. ¿Cuánto debe el Estado determinar la malla curricular para imponerla al sistema de la educación pública?

Es útil recordar que Gabriela Mistral tuvo la visión de advertir a tiempo los riesgos del Estado Docente, consigna asumida por el “progresismo” como bandera irrenunciable. El punto es que si el Estado no es democrático el monopolio de la educación se convierte en un poderoso instrumento de dominación ideológica y cultural. Pero aún sin ser un Estado totalitario, una tecnocracia pedagógica, como la que se ha entronizado en el Ministerio de Educación, puede imprimirle a la educación un sello funcional a concepciones mercantiles que apuntan mas a la capacitación de la mano de obra que a la formación intelectual de la juventud.

Es lo que está ocurriendo con la “modernización” del curriculum donde hay que dar batallas para defender ayer la filosofía y las artes y ahora la historia y la educación física. Una educación democrática debería estar abierta a la creatividad y autonomía de los diversos planteles educacionales donde la comunidad escolar y los padres y apoderados tengan opinión sobre las materias que deban enseñarse cuidando también el respeto a las características regionales. Por fortuna unos cuantos municipios han decidido rechazar el centralismo pedagógico y ha decidido mantener las clases de historia y educación física. Es la ventaja que nos depara nuestra democracia con todas sus imperfecciones. Dios nos libre del estatismo dominado por una presunta “vanguardia” que se arroga el derecho a darle a la nación un rumbo monocolor, cuyos resultados han conducido a crear sus ciudades uniformadas en la mediocridad y el sectarismo; o bien, convertir la escuela en un centro de formación de mano de obra sin compromisos y valores.

Alejandro Witker. Historiador.

Publicado en diario La Discusión (16-VI-2019) de Chillán.

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