MONUMENTOS

Secuencia de la derribada estatua al Soldado Desconocido en el Monumento de la Plaza Baquedano, Santiago. Imágenes tomadas de INFOBAE.

Desde la cultura grecolatina viene la tradición de levantar monumentos a figuras señeras de la sociedad. Como la historia humana no es angélica, sino terrena, hay monumentos muy merecidos y otros impuestos por las circunstancias políticas.

En la sociedad chilena hay unos cuantos cuyo consenso histórico, ampliamente mayoritario, los ha convertido en referentes de la identidad nacional. Desde luego, que puede haber algunos discutibles. Sin embargo, cualquiera reflexión en torno a estas esculturas que, casi siempre son obras de artistas de renombre, debe hacerse en el marco de la serenidad propia de una sociedad civilizada. Agraviar monumentos con escrituras de extrema vulgaridad y, más aún, derribarlas en actos francamente repudiables, no hacen más que ensuciar manifestaciones cuyos propósitos pueden contar con un amplio respaldo ciudadano.

Hemos visto con estupor cómo se ha derribado un monumento a Pedro de Valdivia por grupos que se concertaron para su fechoría hablando en español, la lengua que Valdivia nos legó como el lado luminoso de la Conquista que, como todo proceso de expansión imperial, no estuvo exento de abusos. Neruda, que algo sabía de historia, sintetizó lo esencial de ese proceso en una frase genial: “Se llevaron el oro pero nos dejaron el oro, las palabras”. Gracias a la Conquista, nos incorporamos a lo más avanzado de la civilización universal con una lengua que poseía una literatura tan magnífica como la que nos ofrece el Quijote de Cervantes.

En muchos países del mundo existe el monumento al soldado desconocido en memoria de esos muchachos del mundo popular que murieron en guerras que nunca buscaron, pero que los procesos históricos les impusieron y que, con el corazón abierto, se la jugaron por su patria. Eran hijos del pueblo a los cuales la historia oficial quiso reconocer junto a los héroes mayores que nunca pelearon solos. Por eso, derribar con un lazo al soldado desconocido de la Plaza Italia, constituye un agravio a la nación y una prueba concluyente de la escasa civilidad de quienes creen que el lenguaje de las piedras y de los rallados vulgares pueden ser estandartes de nobles causas.

Alejandro Witker. Historiador.

Publicado en diarios La Discusión (13-XI-2019) y Crónica Chillán (13-XI-2019).

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