LA DIGNIDAD EN LA CALLE

Manifestación en la Plaza Baquedano, hoy llamada Plaza de la Dignidad. Fotografía de B1mbo.

Las reiteradas manifestaciones que se han realizado en la Plaza Baquedano o Plaza Italia (con ambos nombres se ha conocido por décadas), han conducido a una propuesta  o, más bien a una imposición, cual sería cambiar el nombre de ese recinto por el de Plaza de la Dignidad. Las razones pueden ser muchas y tal vez válidas, el punto es atender la idea civilizadamente.

El monumento de Baquedano, soldado glorioso de nuestro ejército, ha sufrido demasiados vejámenes por gente iracunda que, probablemente no tenga la menor idea quién es ese prócer, como ha quedado en evidencia con la violenta agresión al soldado desconocido que es un homenaje que en todo el mundo se hace a esos hijos del pueblo que, con o sin razón, con gusto o disgusto, murieron por su patria. Parece razonable evitarle a Baquedano nuevos agravios y situarlo en un lugar seguro donde su Dignidad sea respetada.

Si de Dignidad se trata, sería bueno reconocerla también a los 200 hombres y mujeres representados en esas esculturas, y a los artistas que las crearon, que han sido arrancados de cuajo por grupos de ignaros que olvidan aquel viejo adagio campesino: “No hay ave de peor ralea que la que emporca su propio nido”. Esas 200 figuras a las cuales no se respetó su Dignidad, son parte del nido de la patria; guste o no guste, la historia vivida no puede ser cambiada por odios sacados de los peores basureros ideológicos.

Es claro que necesitamos salarios dignos, jubilaciones dignas, tratos dignos de públicos y privados, en esa onda saludo a la Plaza de la Dignidad, en el entendido que estamos por la construcción de una patria verdaderamente dulce para todos y no para destruir lo que otros hicieron con inmensos sacrificios. Como de “Dignidad” se trata, mi solidaridad con la Biblioteca Severin de Valparaíso, histórica por muchos conceptos, en cuyos muros usted puede leer con estupor: “no más libros”. Desde luego que solo los que no leen pueden ignorar esa fuente infinita de sabiduría que son los libros, desde aquel tan antiguo que dio el nombre a sus continuadores: La Biblia.

Alejandro Witker. Historiador.

Publicado en diarios La Discusión y Crónica Chillán (08-XII-2019)

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