NI SALTAR NI BAILAR

Imagen tomada de Pressenza (https://www.pressenza.com/es/2019/11/chile-el-que-baila-pasa/).

Entre las múltiples formas que han aparecido en las  manifestaciones sociales, unas cuantas ingeniosas dignas de celebrar, apareció una francamente inaceptable: La exigencia de bajarse del auto, bailar al ritmo de quienes lo ordenan, para poder pasar hacia el rumbo que llevaban. Esta exigencia ha provocado numerosos incidentes, hasta el punto que ha pasado a convertirse en un tema de discusión parlamentaria digno de ser considerado un atropello a los derechos humanos.

Como “veterano de guerra”, tengo en la memoria una situación parecida que ocurrió en víspera del 73. Los promotores de la revolución en marcha comenzaban a gritar en cada esquina: “el que no salta es momio”, es evidente que una provocación de este calado se convirtió en un ingrediente del guiso amargo con que culminó aquella aventura política.

Hace unos días, me encontré en un café con un ex alumno con quien mantengo relaciones electrónicas muy cordiales durante varios años y que ya calza sobre los 50. Se acercó a saludarme y de inmediato me dijo: “¿Qué le parece profesor que los imbéciles del Congreso Nacional quieren convertir en delito algo tan simpático y creativo como ‘el que baila pasa’?”. Mi respuesta fue categórica, no tiene nada original. Le recordé el salto exigido a los momios el 73 y, le dije que me parecía un atropello a los derechos humanos bajar a una persona del auto para obligarla a participar en jugarretas políticas que pueden ser “simpáticas” para unos pero odiosas para otros.

Grande fue mi sorpresa cuando mi ex alumno me dice: “¡Pero profesor, Ud. se ha convertido en un fascista…!”. Advertí que el cincuentón había vuelto a los 17 como diría Violeta Parra y que sobran sospechas que en muchos casos es cierto que las personas son los únicos animales que tropiezan dos veces con las mismas piedras. Es claro que muchos manifestantes protestan con razón por injusticias y abusos pero también que circulan paralelas consignas totalitarias de los que, cegados por el odio de clases, sólo aspiran a cambiar el orden establecido por su propio orden monocolor, con partido único, pensamiento único, todo estatizado y para eso hay que anular toda disidencia con un recurso recurrente: ¡muera el fascismo!. Es claro que todo el que no piensa como ellos es fascista. Es de esperar que las pretensiones totalitarias no se impongan para que el estallido social culmine en un Chile mejor y no peor.

Alejandro Witker. Historiador.

Publicado en diario La Discusión, Chillán, 25-XII-2019

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