DERECHOS HUMANOS: LECTURA COMPLETA

Los derechos humanos se han convertido en un verdadero dogma que se utiliza para un batido y un fregado como se dice en un lenguaje coloquial. Su vigencia es de data reciente en la perspectiva de la historia. Durante siglos la violencia indiscriminada amargó las relaciones humanas. En un cierto momento se estableció una suerte de “doctrina” destinada a fijar un mínimo para que las relaciones humanas se distinguieran de la selva. Decimos el mínimo porque en estricto rigor, el brillo urbano y tecnológico no ha terminado del todo con la selva.

En la Declaración Universal de los Derechos Humanos, artículo primero, se lee: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”.

Como puede apreciarse, y era lógico que así fuera, el derecho a ser respetado va ligado indisolublemente a la obligación de respetar. No obstante, en la práctica chilena, esta lógica se ha pervertido, a tal punto, que se reclama el respeto a los derechos humanos cuando los encargados de mantener el orden público tratan de contener bandas atacantes con pedradas y bombas molotov. Resulta que esta perversión está vinculada a una más general: la conquista de derechos sin asumir deberes.

Es muy sabio el Escudo Nacional cuando establece como lema “Por la razón o la fuerza”. Por la razón significa que toda demanda, por justa que sea, debe hacerse sin violencia y si un actor quiere imponerlas con violencia, el Estado tiene todo el derecho que da el pacto social para utilizar la fuerza necesaria, sin abuso ni exceso, como un medio para mantener la paz social. Parece oportuno en esta hora recordar el enunciado fundacional de los Derechos Humanos que parte de respetar para ser respetado, de actuar pacíficamente para ser tratado como ser humano y no como agresor desaforado. ¿Será mucho pedir que se lea completa y se actúe como lo establece la Declaración Universal de los Derechos Humano?

Alejandro Witker. Historiador.

Publicado en La Discusión, Chillán, 26-I-2020

INFANTILISMO POLÍTICO

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Me siento muy lejano del pensamiento y acción de Lenin, fundador del Estado soviético, pero no hay duda de que su libro, El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo, constituye un clásico en la literatura política de la izquierda. En síntesis, el líder bolchevique propiciaba una estrategia para conquistar el poder fríamente calculada que, por lo tanto, excluía todo voluntarismo, toda estridencia verbal sin más efecto que espantar a grupos sociales que detestan el desorden, en suma, sabía que avanzar paso a paso para actuar en el momento preciso resultaría más eficaz que la agitación de consignas fuera del tiempo y el espacio.

Pero, en los tiempos que vivimos se lee poco, así se explica que gente situada en la izquierda se comporte de manera diametralmente distinta a esa “cabeza fría y el corazón ardiente” que propiciaba Lenin repitiendo una sentencia de Marx. El mencionado texto lo desconocen algunos que creen que “avanzan” insultando a medio mundo, funando a quienes no los siguen en su “avanzar sin tranzar” y, llegar hasta lanzar a personas, civiles o uniformadas, pero “enemigos de clases”, bombas molotov que pueden ser mortales. Por esta vía hemos visto incendiar colegios, iglesias, hospitales, comisarías y una variedad de empresas grandes o pequeñas a las que se indica con rayados en sus muros como “fascistas”.

Esos grupos que no han leído la Constitución porque no leen nada y los pocos que leen no entienden lo que leen, según se ha demostrado en variadas investigaciones, sólo atinan a destruir como expresión de rechazo a un modelo económico que, por cierto, tiene luces y sombras, pero que no se reformará con pedradas ni llamaradas, sino con acción política serena y situada en el marco de la institucionalidad vigente. ¿Qué hay que cambiar las instituciones? Las instituciones surgen, se modifican y hasta desaparecen según las necesidades sociales, pero, en democracia existen los procedimientos para avanzar sin destruir.

Tengo la sospecha que el desorden no va a favorecer en las próximas elecciones al bando que propicia los cambios, al menos en la medida que muchos creen; tal vez pudiera ocurrir lo contrario: El fortalecimiento de los sectores conservadores que se niegan al cambio. La inmensa mayoría de la gente no desfila ni raya los muros, pero vota generalmente por quienes ofrecen moderación y cambios sin violencia.  ¿Cuánta gente irá a votar en un clima de incendio social? Me gustaría estar equivocado y que una gran mayoría votara por conservar lo bueno y cambiar lo malo de un proceso histórico que nos distingue en América Latina. Sí, que nos distingue no como un convento inmaculado, nada más y nada menos que como una república que ha preferido el cambio sereno a la estridencia inútil.

Alejandro Witker. Historiador.

Publicado en diarios La Discusión y Crónica Chillán, 29-XII-2019