PATRIA DULCE PARA TODOS

¿Sabía usted que el verbo jubilar está relacionado con júbilo? La idea era otorgar al final del camino una pensión que combinara la alegría de haber cumplido una larga trayectoria con la de entrar en un descanso aliñado con tiempo para viajar, compartir con la familia, disfrutar de las artes, leer, en fin, dedicar el tiempo postrero a lo que no se pudo hacer cuando hubo que dedicarse de tiempo completo a lo que en lenguaje coloquial se dice: “parar la olla”.

En los primeros años de esta conquista social, se disfrutó en Europa y otros países adelantados por un período breve pero grato, gracias a las jubilaciones. Sin embargo, con el correr del tiempo, la prolongación de la vida gracias a la medicina y a la higiene pública, entra otros factores, ese gozo final comenzó a desvanecerse y a complicar a los Estados con un creciente número de jubilados por largos años.

En países como el nuestro, nunca alcanzamos siquiera a disfrutar un sorbo de ese trago final. Desde siempre, jubilar se convirtió en un tránsito seguro al deterioro de las condiciones de vida. Por este camino, llegamos a los últimos años a una situación verdaderamente escandalosa. Las pensiones de la mayoría de los chilenos constituyen un verdadero agravio a quienes trabajaron por largos años. El diputado Desbordes ha dicho que su padre recibe una pensión de $187.000.- y que por eso su hijo está en la calle compartiendo protestas. Mi esposa, después de 30 años de enseñar en la educación pública, recibe $230.000.- de pensión y el mayor agravio a su autoestima aparece cuando advierte que no alcanza a pagar con ese ingreso el salario mínimo de la nana al cuidado de la casa.

Estas jubilaciones miserables irritan más cuando se sabe cuánto gana la clase política eternizada en el Parlamento, empresas públicas y en grandes sindicatos donde algunos cobran caro por defender a sus asociados. El presidente de CODELCO gana 56 millones al mes y nuestros Parlamentarios están entre los mejor pagados del mundo. Esto ocurre a la vista de los jubilados que no comprenden cómo esta patria que es de todos sólo es dulce para unos pocos. Por eso, es necesario hacer reformas a partir de lo que existe y no de una hoja en blanco que puede resultar un remedio peor que la enfermedad.

Alejandro Witker. Historiador.

Publicado en diario La Discusión, Chillán, 09-II-2020

BARBARIE POLÍTICA

Fotografía de Warko, reproducida bajo licencia Creative Commons.

Los antiguos romanos llamaban “bárbaros” a los pueblos cercanos que no compartían la cultura grecolatina. Se trataba de gente ruda alejada muchos pasos del avance del gran imperio y su obra civilizadora. De ahí viene la expresión “¡bárbaro!” o “¡barbaridad!”·

Bajo este prisma el mundo entero calificó como una barbarie la quemazón de libros durante la dictadura militar. Fue tal vez esta acción irracional una de las peores cartas de presentación que el régimen mostró ante el mundo y que le valió una condena generalizada.

¿Qué diferencia puede haber, en lo esencial, entre quemar libros y destruir monumentos? El Consejo de Bienes Nacionales considera más de 500 daños severos al Patrimonio Histórico y Cultural del país. Algunas cifras señalan que han sido destruidos más de 250 monumentos y esculturas, todas obras de artistas nacionales o extranjeros de gran prestigio. Cada época consagra en monumentos la memoria de quienes la deslumbran. Como en toda obra humana, se comenten errores y abusos, pero son los menos. La inmensa mayoría de la gente ilustrada aprecia la presencia de esos personajes en lugares públicos como parte de los valores nacionales. Cada generación tiene derecho a levantar íconos nuevos de acuerdo a los “signos de los tiempos”, pero no tiene ningún derecho para maltratar a los íconos que valoraron generaciones de otro tiempo.

Resulta curioso que unos cuantos que escriben en los muros maldiciones contra el fascismo no reparen que destruir monumentos es tan grave como quemar libros. Ortega y Gasset, luminoso como siempre, escribió: “La indocilidad política no sería grave si no proviniese de una más honda y decisiva indocilidad intelectual y moral”. Aquí está la clave, cuando la política carece de sustento moral, renuncia a su suprema dignidad: garantizar la convivencia civilizada hacia un futuro compartido.

Alejandro Witker. Historiador.

Publicado en diario La Discusión, Chillán, 04-II-2020