HOJA EN BLANCO

Ninguna nación tiene una hoja en blanco de su pasado. Tiene historia que registra lo obrado bien y mal, porque es bueno subrayar que la historia de los pueblos no es una leyenda angélica, mal podría hacerlo cuando los seres humanos estamos bastante lejos de aquella figura celestial. La historia es el cimiento sobre el que está construido el presente y, por lo tanto, todo cambio que se pretenda intentar para corregir lo que aparezca negativo para la convivencia social, debe partir de esta experiencia histórica.

Suponer que un grupo de iluminados, por democráticamente que hayan sido elegidos, están en condiciones de fundar un Estado, constituye la negación misma de la historia. Si para algo sirve la historia es, precisamente, como antecedente para aprender de los aciertos y los errores cometidos. La sociedad chilena de hoy es bien distinta a la que había hace apenas 30 años, bastaría indicar que el producto nacional se ha triplicado y que en un país que en los años 70 tenía 50 mil estudiantes universitarios, tiene hoy más de 1 millón y bastaría mirar las calles para advertir que miles de chilenos la colman de automóviles, que hasta hace pocos años eran el privilegio de unos pocos. Sin embargo, hay desigualdades que desatan con razón la indignación de muchos.

El 1% de la población, que no sólo la forman los “poderosos de siempre”, también la clase política incluido los parlamentarios que están entre los mejores pagados del mundo, concentran el grueso de la riqueza nacional. La diferencia entre los que ganan más y ganan menos en empresas públicas y privadas, no puede ser más irritante. De las jubilaciones no se necesita hablar, puesto que resultan sencillamente humillantes para quienes entregaron al país lo mejor de sus años y talentos. De abusos también hay registros violentos: el peor empleador es el Estado con sus miles de trabajadores contratados a honorarios, las farmacias que piden precios escandalosos por remedios que al otro lado de Los Andes cuestan 20 o 30 veces más baratos, teniendo el mismo origen. En suma, no hay duda que hay que hacer reformas que permitan una participación más justa en la vida nacional.

Pero de ahí a creer que con una hoja en blanco se podrá pasar del infierno al paraíso hay una trampa que debe ser advertida. En América Latina conocemos varios casos donde, con la hoja en blanco se terminó con el exilio de millones y la eternización en el poder con reelecciones indefinidas. Vamos a las reformas, con todas las que sean razonables pero con la hoja de nuestra experiencia histórica a la vista, con todas sus grandes conquistas libertarias que no podemos perder bajo el señuelo de justicieros propósitos.

Alejandro Witker. Historiador.

Publicado en diario La Discusión, Chillán, 04-III-2020