EMPRESA Y SEGURIDAD

Para muchos empresarios la seguridad es sinónimo de policía. Seamos claros, sin seguridad no hay garantías para la inversión ni el mercado; es el regreso a la selva.

Sin embargo, constituye un grave error circunscribir la seguridad a la protección legal y policial.

Si las empresas quieren paz para funcionar no pueden limitar la ocupación gerencial al cuidado de la caja y al control del personal. La acumulación de frustraciones y amarguras que vive gente en cuarenta metros cuadrados y que consume horas en el transporte, y colas en los hospitales, que es víctima de abusos de las farmacias y de algunos proveedores de alimentos básicos constituye una fragua para el resentimiento y la violencia.

Las empresas que no lo entiendan terminarán haciéndolo cuando sean sitiadas por turbas envenenadas por el odio y conducidas por quienes buscan acabar con el sistema para imponer ese otro que el mundo ya conoce: el Estado amo y señor de la economía, la sociedad y la cultura.

Las empresas deberían considerar como estrategia de su propia seguridad, distribuir mejor la riqueza y crear oportunidades para que la juventud amargada y resentida pueda educarse, adquirir oficios rentables, tener acceso al deporte, las bellas artes, el turismo y la integración a los valores nacionales.

Desgraciadamente son muy pocas las empresas que miran más allá de la caja. Un empresario me dijo “si apoyo su revista no venderé un peso más”… tiene razón, la revista y otras iniciativas semejantes no lo ayudaran a ganar más pesos, pero sembrarán convivencia, ilustración, valores, motivaciones para cultivar el alma. Hay empresarios que no comprenden el formidable impacto en la conducta humana de un libro, una obra de teatro, una buena película, una guitarra, un Centro Cultural donde los jóvenes se encuentren con la belleza y la sabiduría que marcan la diferencia entre la sociedad y la selva. Cada empresa debería tener al menos un encargado de cultura y un espacio para el cultivo del espíritu de los trabajadores y de sus hijos, de los jóvenes de su entorno si está situada en un barrio o población. Si no lo entienden a tiempo estarán cavando su propia tumba. Quejarse cuando los expropien no servirá mucho porque entonces en los Tribunales politizados perderán todas las causas y, como si fuera poco, acusados de fascistas no tendrán derecho a nada. Así lo demuestra la experiencia internacional, también la experiencia histórica, enseña que pocos aprenden en cabeza ajena.

Alejandro Witker, Doctor en Historia

Publicado en diario La Discusión, Chillán, 19 – VIII – 2020

LA ÚLTIMA CAMA

Imagen cortesía de pxfuel.com

Hasta hace alrededor de un mes en los noticiarios de TV había un tema recurrente; el dilema de la última cama: era el comentario obligado después de informar cómo la pandemia crecía y luego pregunta infaltable a los invitados que iban a opinar sobre el tema.  ¿A quién se entregará la última cama? ¿Con qué criterio? ¿Habrá dilema moral?

Todo parecía que ese momento “dramático” llegaría como un festín periodístico: ¿se entregará a un hombre o a una mujer? ¿Se discriminará a los homosexuales, entre rubio o mestizo, por apellido, por comunas pobres o ricas, por los que aprueban o desaprueban la reforma constitucional, por la izquierda o la derecha, por el apitutado o el desconocido, por el viejo o el joven? ¡Qué banquete se han perdido los eternos buscadores de escándalo y sembradores de conflictos que apenas disimulan su intención de politizar el tema!

Pero todo indica que no llegará el dilema de la última cama porque el Ministerio de Salud ha hecho bien las cosas. Un ministro previsor amplió en cifras sin precedente la infraestructura, contó con recursos y con un personal que se la está jugando por Chile como debe ser. El buen manejo de la pandemia no sólo ha estado bien por las autoridades, también por el conjunto de la sociedad que en descontados los irresponsables que nunca faltan han respondido a las urgencias. No habrá reconocimiento, quedará clara la grandeza de unos y la pequeñez de otros.

Alejandro Witker, Historiador

Publicado en diario La Discusión, Chillán, el 13 – VIII – 2020

FUERO PARLAMENTARIO

Congreso Nacional de Chile. Fotografía de Gonzalo Pineda. Wikimedia Commons.

En una democracia la función parlamentaria es esencial: legislar, fiscalizar, aprobar nombramiento, entre otros puntos. Para que el representante pueda cumplir la tarea es imprescindible que no sea objeto de presiones ni sanciones por sus dichos y acciones. Fue una conquista de la democracia establecer el fuero parlamentario.

El fuero protege al diputado o senador de manera que no pueda ser perturbado sin un proceso previo con formas establecidas por la ley. 

En este marco adquiere extrema gravedad la amenaza que han recibido parlamentarios por su posición contraria al retiro de fondos previsionales. Amenazar con un “estallido social” si no se apoya una determinada postura es sin duda una provocación totalitaria incompatible con la democracia. De instalarse el asedio exterior a la función parlamentaria es acabar el fuero para de hecho cambiar el régimen político. Nada más parecido a una dictadura popular. 

El Parlamento tiene un nombre que proviene de parlar, hablar, discutir, y resolver mediante votación regulada. No cabe, por lo tanto, ninguna exposición externa, menos aún amenazas.

Como veterano del 73 veo con alarma un clima de violencia verbal y física, de intolerancia propia de aquel tiempo con los resultados conocidos.

Es de esperar que la mayoría silenciosa, esa que no marcha, que no insulta, esa que no odia al que piensa distinto, advierte el peligro y despierte de la indiferencia. Pasado mañana puede ser demasiado tarde. Los violentos, sean de derecha o de izquierda, rompen la convivencia civilizada y dejan huellas amargas imperdurables.

Alejandro Witker, Historiador

Publicado en diario La Discusión, Chillán, 9 – VIII – 2020