PATRIA Y PLATA

Imagen: Los cambistas (Wikicommons).

Un amigo me recuerda que hace algunos años, cuando uno se encontraba con otra persona y solía preguntarle: “Usted qué hace…”. La respuesta casi siempre era: “Aquí estamos, haciendo patria…”. En la actualidad, ante la misma pregunta, dice mi amigo, la respuesta suele ser: “Aquí estamos parando la olla…”; “Estoy viendo cómo exportar mis cerezas…”; “Estoy fraguando un emprendimiento…”.

A primera vista, de hacer patria se pasó a hacer plata. En estricto rigor, no debería merecer ningún reproche la búsqueda de la plata, siempre que no se olvide que no hay plata que valga si no se tiene patria, esto es, una sociedad en paz y trabajo. La plata se genera en un espacio y un tiempo histórico, de manera que, si no se respeta la propiedad y las normas de convivencia, ninguna plata está segura. Esta elemental relación entre patria y plata, es la que no han entendido muchos empresarios y profesionales que han pensado que se pueden enriquecer impunemente a la vista de gente miserable, que suele ser movilizada por sembradores de odio en contra de los que aparecen como los dueños de la pelota.

Hacer plata sin importar pagar impuestos justos, salarios dignos, respetar el medioambiente y no abusar en el mercado, solo puede conducir a lo que tenemos a la vista: descredito de todo el que tiene éxito y rencor de todo el que tiene fracasos.

La experiencia mundial enseña que la mejor plata es la que se gana en una sociedad más o menos integrada y con puertas abiertas para que surjan los mejores. Esa sociedad sana, no surge de la nada, es el resultado de una acción inteligente de los que advierten a tiempo que, sin patria la plata se puede ir con el viento en los torbellinos sociales.

Alejandro Witker. Historiador.

Publicado en diario La Discusión, Chillán, 25-XII-2020

EMPRESA Y SEGURIDAD

Para muchos empresarios la seguridad es sinónimo de policía. Seamos claros, sin seguridad no hay garantías para la inversión ni el mercado; es el regreso a la selva.

Sin embargo, constituye un grave error circunscribir la seguridad a la protección legal y policial.

Si las empresas quieren paz para funcionar no pueden limitar la ocupación gerencial al cuidado de la caja y al control del personal. La acumulación de frustraciones y amarguras que vive gente en cuarenta metros cuadrados y que consume horas en el transporte, y colas en los hospitales, que es víctima de abusos de las farmacias y de algunos proveedores de alimentos básicos constituye una fragua para el resentimiento y la violencia.

Las empresas que no lo entiendan terminarán haciéndolo cuando sean sitiadas por turbas envenenadas por el odio y conducidas por quienes buscan acabar con el sistema para imponer ese otro que el mundo ya conoce: el Estado amo y señor de la economía, la sociedad y la cultura.

Las empresas deberían considerar como estrategia de su propia seguridad, distribuir mejor la riqueza y crear oportunidades para que la juventud amargada y resentida pueda educarse, adquirir oficios rentables, tener acceso al deporte, las bellas artes, el turismo y la integración a los valores nacionales.

Desgraciadamente son muy pocas las empresas que miran más allá de la caja. Un empresario me dijo “si apoyo su revista no venderé un peso más”… tiene razón, la revista y otras iniciativas semejantes no lo ayudaran a ganar más pesos, pero sembrarán convivencia, ilustración, valores, motivaciones para cultivar el alma. Hay empresarios que no comprenden el formidable impacto en la conducta humana de un libro, una obra de teatro, una buena película, una guitarra, un Centro Cultural donde los jóvenes se encuentren con la belleza y la sabiduría que marcan la diferencia entre la sociedad y la selva. Cada empresa debería tener al menos un encargado de cultura y un espacio para el cultivo del espíritu de los trabajadores y de sus hijos, de los jóvenes de su entorno si está situada en un barrio o población. Si no lo entienden a tiempo estarán cavando su propia tumba. Quejarse cuando los expropien no servirá mucho porque entonces en los Tribunales politizados perderán todas las causas y, como si fuera poco, acusados de fascistas no tendrán derecho a nada. Así lo demuestra la experiencia internacional, también la experiencia histórica, enseña que pocos aprenden en cabeza ajena.

Alejandro Witker, Doctor en Historia

Publicado en diario La Discusión, Chillán, 19 – VIII – 2020