HUASOS

Huaso chileno. Fotografía de Héctor Melo, reproducida bajo Licencia Creative Commons.

Se dice, y con sobrada razón, que Ñuble es una región huasa. Existen 11 Clubes de Rodeo en Chillán con 450 socios, aproximadamente y la Asociación de Clubes de Huasos con sede en San Carlos con más de 500 participantes, todos «militantes» de tradiciones que cultivan y sienten como valores de la mayor estima.

Los huasos se relacionan estrechamente con los artesanos. Hay que equipar al caballo y al jinete. Monturas, estribos, espuelas, riendas, herraduras; trajes, fajas, sombreros, zapatos, mantas, saltan a la vista. En un mundo agrario que se achica, también se achica para los artesanos. En tiempos dorados hubo en Chillán talleres de espuelas con más de 60 operarios y lo mismo ocurría con otros oficios, pero, los huasos «militantes» no se rinden y siguen vibrando con sus rodeos, carreras, juegos de lazos, tal como lo hicieron sus padres y sus abuelos. Están presentes en los actos cívicos de sus comunas y en las principales efemérides de la historia nacional, ofreciendo chicha en cacho a las autoridades. Desde luego, que la cultura huasa es con guitarra, canto y cueca. Las parejas salen a la pista, pletóricas de alegría y transmitiendo ondas de auténtica chilenidad. Y luego viene la hora de los manjares: Asados, longanizas, cazuelas, empanadas y, por cierto, el tinto y el blanco sin lo cual la chilenidad se destiñe.

La cultura huasa, que surgió en el Chile central, se ha extendido por todo el territorio. Hay Clubes de Huaso y se bailan cuecas de Arica a Magallanes.   

Los cambios sociales y culturales, han traído al escenario nuevas agrupaciones humanas bien distintas, que vibran con otra música y gustan de otros sabores. Llenan los estadios para escuchar a bandas roqueras, cuyos ritmos siguen con inagotables movimientos y hasta rostros desfigurados por una potente emoción. En escenarios más chicos, las Discotecas, se viven éxtasis que compiten con el estruendo de la música. Tienen todo el derecho del mundo para vivir esta nueva cultura urbana.

Sin embargo, hay pequeños grupos fanáticos de lo nuevo empeñados en estropearles la alegría a quienes conservan tradiciones seculares. Animalistas se convierten en abogados de novillos presuntamente maltratados, vegetarianos y veganos convencidos que sus dietas son mejores, se desviven en arruinarle la fiesta a los que disfrutan de los viejos manjares. Son grupos ideologizados por el odio de clase, identifican a los huasos con los «ricos». No saben que el rodeo es el segundo deporte más popular del país después del fútbol.

Benito Juárez sostenía que «el respeto al derecho ajeno es la paz». ¿Por qué no dejar en paz a los huasos y su mundo?. Cuando digo a los huasos, incluye, por cierto, a miles, tal vez millones de chilenos que se identifican con esas tradiciones.

Si el maltrato animal perturba, ¿Por qué no sentir el mismo malestar cuando en el box de un puñetazo le maltratan los sesos a un adversario?, ¿Por qué no aparecen pancartas frente a los mataderos con el mismo enojo que aparecen en los rodeos?, a veces, se está contra del rodeo pero no contra el asado al palo.

La democracia es un sistema, no solo político, es una forma de civilización, una manera de convivir dentro de un cierto orden para que cada quien haga con su vida lo que le dé la gana. ¿De dónde viene esa presunta superioridad moral para que pequeños grupos decidan lo que es bueno o malo en la vida social?. Solo una sociedad de leyes, de instituciones, tiene autoridad para mandar, prohibir o permitir, nunca una secta ideológica que levanta pancartas, lanza pedradas, funa y ofende a los que no piensan como ellos. Pero volvamos a los huasos, a los que quisiera expresar en estas líneas mi admiración y cariño porque son auténticos «militantes» de la chilenidad.

Alejandro Witker. Historiador.

Publicado en diario La Discusión, Chillán, 25-X-2020.

DEFENDER EL RODEO

Fotografía de Viviana Santis reproducida bajo licencia Creative Commons.

No hace falta subrayar la importancia del Rodeo en Ñuble, una región huasa por excelencia.  En Santiago algunas municipalidades han cedido ante las presiones de pequeños grupos ideologizados y han resuelto dar término a esta fiesta tradicional en sus comunas.  Por fortuna, en unas cuantas la autoridad ha mostrado más respeto por la tradición nacional que por pequeños griteríos.

El Rodeo es el deporte más popular en Chile después del fútbol y se vincula a la gastronomía, la artesanía y el folclore.  Es una fiesta familiar surgida en el campo chileno y que numerosos Clubes de Huasos se esmera en mantener como patrimonio cultural de la Nación.  Sin embargo, estas realidades no cuentan para quienes dicen sentir una terrible compasión por el maltrato a los animales, acusación carente de fundamentos por cuanto los dueños de los animales son los más interesados en protegerlos.  En todo caso resulta curioso que estos defensores de los animales no se declaren vegetarianos como deberían ser en consecuencia.

La defensa del Rodeo debe hacerse con la mayor energía y sin complejos, no sólo por los huasos, también por toda la sociedad comprometida con sus tradiciones.  Hay que poner atención y parar a tiempo a quienes se empeñan en llevar la retroexcavadora a destruir signos muy queridos por la cultura nacional.

Alejandro Witker

(Publicado en diarios La Discusión, Chillán, 08-VIII-2017, y Crónica Chillán, Chillán, 08-VIII-2017)

El Pala

Llegó otra vez la famosa chicha donde El Pala. ¿Cuántos años llevo acudiendo a esta cita que ya se instaló en la tradición chillaneja? Diez o doce años, tal vez más. Tengo en la memoria una ausencia por motivos de salud pero en el resto de los años cada 1 de mayo me cuadro con los Palavecino. Ahí estaban “veteranos de guerra” y nuevos “reclutas”; cada vez más mujeres, qué bueno que sea así. Viejos conocidos, cada año más viejos pero fieles al Templo de Baco.

Rodrigo habló en nombre de la familia y de sus colaboradores. Ingenioso, cálido, contento como se eleva el volantín con el esfuerzo de cada día.

El alcalde Zarzar ofreció el saludo de la ciudad a este lugar de encuentro del turismo, las tradiciones y la amistad cívica. El hombre luce canchero y sobrio, cero aprovechamiento político, cero demagogia, como debe ser en una autoridad republicana.

El padre Varas bendijo la chicha, comenzaron los cañonazos, entraron las guitarras, las voces y las primeras cuecas.

Los parroquianos viejos y nuevos lucían alegres y una buena onda inundó el escenario.  Sólo cabe agradecer a los Palavecino su ingenio para ofrecer a Chillán y al país un espacio de chilenidad que levanta el ánimo en tiempos en que el nombre de la república unos cuantos asaltan la república.

Con la chicha del Pala pasa lo mismo que con Gardel, como decía Borges, cada vez que se escucha canta mejor. La chicha del Pala cada año sabe mejor.

Alejandro Witker

(Publicado en diario La Discusión, Chillán, 04-V-2017)